CHICA SABIA (Мудра дівчина)

24.09.2018

Hace muchos años había dos hermanos que vivían en las tierras de un señor. Uno de ellos era pobre y el otro, sin embargo, tenía muchos animales y era rico. Un día, el rico, sabiendo que su hermano no tenía leche para sus hijos, decidió cederle una vaca lechera pero con la condición que se la pagara trabajando en su campo:

- De esta manera me devolverás su coste, hermano.

El hermano pobre aceptó el trato y desde entonces cada día iba a trabajar para el rico. Pero poco tiempo después a éste le dio pena quedarse sin la vaca, así que un día fue a ver a su hermano y le exigió:

- ¡Devuélveme la vaca!

- Pero ¿por qué, hermano, si voy a trabajar para ti todos los días?

- Tu trabajo es poca cosa en comparación con lo que vale la vaca, ¡devuélvemela!

El pobre hombre no quiso rendirse y, como no se ponían de acuerdo, decidieron que fuera el señor feudal quien resolviera la disputa. Éste era muy aficionado a los acertijos y pruebas. Así que pensó en resolver el asunto con una adivinanza:

- Quien responda a mis tres preguntas, se quedará con la vaca.

- ¡Dínoslo, señor!

- Escuchad: ¿quién es el mejor alimentado, quién es el más rápido y qué es lo que más se valora en este mundo? Venid mañana y me lo decís.

El hermano rico, en su casa, pensó:

- ¡Si es muy fácil de adivinar! Los mejor alimentados son los cerdos del señor, los más rápidos son los galgos del señor y lo que más se valora es el dinero. ¡La vaca será mía!

Dibujo: Sergiy Kravchenko (Ucrania)


El pobre, al contrario, estaba pensativo y triste. No se le ocurría ninguna respuesta... Su hija Marusia lo vio tan abatido que lo preguntó qué le pasaba.

- Es que, hija mía, el señor nos ha propuesto una adivinanza que no sé resolver. Y perderemos la vaca.

- Cuéntamela, padre - pidió Marusia.

Y, después de escucharlo, dijo:

- La que más alimentada es nuestra madre tierra porque nos da de comer y de beber a todos. Un pensamiento es lo que más rápido se mueve porque enseguida llega donde sea. Y lo que más se aprecia es el sueño, porque, a pesar de que uno lo esté pasando bien, lo deja todo para ir a dormir cuando está cansado.

- ¡Pues tienes razón! Así se lo diré al señor mañana.

Al día siguiente, ambos hermanos fueron a casa del señor.

- ¡Tenéis respuestas a mi adivinanza? Ya sabéis que la propiedad de la vaca depende de ellas.

- Sí, señor, - contestaron ellos. El rico se adelantó a responder para ser el primero y dijo:

- Señor, los que mejor se alimentan son sus cerdos, los más rápidos son sus galgos y lo que se aprecia más es el dinero.

- No, no es esa la solución a la adivinanza, - le contestó el señor y señaló al otro hermano:

- Ahora es tu turno.

- Bueno, yo creo que nadie está tan bien alimentado como nuestra madre tierra: por eso ella nos da a todos de comer y de beber.

- ¡Correcto! - dijo el señor. - ¿Y qué es lo más rápido?

- Es nuestro pensamiento porque con él enseguida llegamos a cualquier parte.

El noble asintió...

- ¿Y por último? - preguntó.

- Lo que se aprecia más es el sueño: que por mucho que un hombre lo esté pasando bien, lo deja todo para ir a dormir cuando lo necesita.

- ¡La vaca es tuya! - exclamó el señor. - Pero dime, ¿tú mismo lo adivinaste o alguien te ayudó?

- Tengo una hija, fue ella quien me ayudó a adivinar, - confesó el hermano pobre. 

El señor se enojó. Se sentía muy orgulloso de su adivinanza y no podía creer que una chica campesina la adivinara tan fácilmente.

- ¿Cómo es posible que una muchacha haya podido resolver mis adivinanzas? Voy a comprobar si de verdad es tan lista. Coge esta docena de huevos cocidos y llévalos a tu hija: quiero que los ponga a incubar con una gallina clueca, que en una noche rompan el cascarón y crezcan unos pollos. Y mañana tu hija me ha de preparar tres de ellos para desayunar. Así, cuando mañana me levante, ya me los habrás traído. Piensa que si no lo hace... ¡pobre de ella!

El hombre se fue a casa llorando; sabía que lo que había pedido el noble era imposible. 

Luego le contó a Marusia sobre la entrevista con el señor, cómo había recuperado la vaca y cómo aquel, enfadado, le había dicho las cosas que debía hacer Marusia en apenas unas horas.

- Es que no tengo remedio, hija mía. He aquí una docena de huevos cocidos que me ha dado el señor y me ha dicho que pusieras sobre ellos una clueca, para que los incube y alimente en una noche, y que mañana se los traigas horneados para su desayuno.

Marusia pensó un rato y, al cabo, le dio una olla de gachas diciendo:

- Llévala al señor y dile que hay que sembrar estos cereales para que crezcan y se conviertan en mijo. Serán para alimentar a los pollos que habrán salido de esos huevos.

El padre se dirigió a casa del señor e hizo exactamente tal como le había explicado su hija.

El señor miró esa papilla y se la dio a los perros. No podía creer que la chica era tan inteligente como él mismo y decidió seguir con adivinanzas. Buscó unos tallos de lino y se los dio al campesino:

- Toma este lino para tu hija: qué lo deje en remojo, lo seque, bata e hile para hacerme cien codos de tela. Si no sabe hacerlo, ¡pobre de ella!

Una vez más, el hombre regresó a casa desesperado. Marusia lo preguntó de nuevo:

- ¿Qué te pasa, padre, por qué estás llorando otra vez?

El padre se lo contó todo.

Entonces Marusia cogió un cuchillo y fue a cortar la rama más delgada de un árbol. Se la dio a su padre diciendo:

- Llévala al señor para que me haga una rueca, de modo que me sirva para aprovechar ese lino.

El padre llevó al señor la ramita y le transmitió las palabras de su hija. El señor lo escuchó y se quedó pensando: "¡A esta me va a costar vencerla!". Y decidió ponerle una prueba que le parecía imposible que pudiera cumplir.

- Vete a casa y dile a tu hija que venga a visitarme, pero ni de pie ni en un carro, ni descalza ni llevando un calzado, ni con un regalo ni sin él. Y si no lo hace, ¡pobre de ella!

Se fue el padre a casa llorando de nuevo y le contó a Marusia la nueva prueba.

- Bueno, hija, ¿qué hacemos?

- No te preocupes, padre, todo saldrá bien. Ve a comprar una liebre viva para mí.

Él le hizo caso y le compró una liebre. Marusia puso un pie en una bota rota y el otro lo dejó descalzo. Después atrapó a un gorrión, fue a por un trineo y enganchó a él una cabra que tenían. Luego tomó la liebre debajo de un brazo y el gorrión lo llevó en la otra mano, puso una pierna en el trineo, y la otra la dejó en tierra: así una pierna suya la llevaba la cabra y la otra, caminaba. 

Dibujo: Vasylyna Romaniv (Ucrania)


De esta manera, llegó al patio del señor. Éste, viéndola de esa guisa, se vio derrotado y, para no reconocerlo, ordenó a sus sirvientes:

- ¡Soltad a los perros, que se vaya!

Cuando los sirvientes sacaron los perros, Marusia liberó la liebre. Los perros se lanzaron sobre ésta, olvidando de la chica. Mientras tanto ella entró a casa del señor y le dijo:

- Aquí tiene mi regalo. - Y le estiró la mano con el gorrión. El noble quiso cogerlo, pero ¡el gorrión voló a la ventana abierta!

Justo en ese momento llegaron dos hombres para resolver una disputa que tenían. El señor salió al porche y les preguntó:

- ¿Qué queréis, buena gente?

- Ambos pasamos la noche en el campo, y cuando nos levantamos por la mañana, mi yegua había tenido un potrillo, - dijo uno.

Y el otro hombre dijo:

- No, es una mentira, ¡fue mi yegua!

El noble, viendo que no llegarían a un acuerdo, les dijo:

- Traed las yeguas aquí y soltad el potrillo: Él mismo se irá con su madre.

Así hicieron: ataron a las yeguas y soltaron el potrillo. Pero los dos dueños empezaron a llamar al potrillo a gritos, que, asustado, huyó de allí corriendo. Todos se quedaron sin saber qué hacer. Fue Marusia quien sugirió: "Atad el potrillo y soltad a las yeguas: la madre correrá hacia su hijo."


Y así ocurrió: una de las yeguas galopó hacia el potrillo nada más la liberaron.

El noble decidió que no podría vencer a aquella chica con adivinanzas ni pruebas por complicadas que fueran, y la dejó ir, prometiéndole que no volvería a molestar a su padre.